En la televisión las imágenes del partido de fútbol entusiasmaban a dos muchachos, uno echado en el sofá, el otro raspando con una tarjeta de crédito el espejo que reposaba sobre la mesita del living, mientras que con la otra mano enrollaba un billete. El animador del juego apenas se escuchaba en la sala ya que las cornetas de la tele sonaban como gárgaras con sal y agua. Uno le decía al otro: ¿Cómo puedes interpretar esa jugada como mano? El otro comentarista le responde: Evidentemente rebotó contra el codo, y por ello se cobró la falta.
-No jodas, marica, esa bola no lo tocó ni así.
Lo dijo con los ojos hinchados y rojos, mientras que con dos de sus dedos enfatizaba el final de su frase, luego de haber sacudido con estos ligeramente su nariz. La interpretación de esa jugada desembocó en una apasionada discusión sobre la reglas del juego y cómo esas reglas dependen del punto del vista del árbitro.
-Maldita sea, continuó el otro, con toda la tecnología digital que hay, el zoom óptico, la repetición en cámara lenta, y van a creer en la limitada visión de un pendejo que gatea por el campo por el que se pelean los jugadores. Deberían cambiar el reglamento y esa estúpida necesidad de un árbitro.
Habiendo inhalado el humo, se reacomoda en el sofá y presta atención. Un árbitro, le dijo el otro, mantiene en el juego un elemento de margen de error. Sin él, continuó, el juego se pondría rudo bien rápido, y habría chance a la infinita reinterpretación de la jugada siempre que la toma de la cámara se preste a la ambigüedad también. Exhalando el humo, este lo corta: Tú no hables, señor música digital es mejor que formato analógico. Cállate la boca.
Alejando de su rostro el billete bien enrolladito, ahora lo cambia de mano, y se prepara para juntarlo otra vez a su cara, colocado bien cerquita del espejo. En esa maniobra, se escuchaba al comentarista decir:
-Estos japoneses juegan un antifútbol; saturan el área para impedir que se desarrolle cualquier movimiento, literalmente. Está, sin exageración, Pablo, toda la selección japonesa en el rectángulo.
Tal vez sean un poco inútiles los chinitos, dice el del billete, pero no son animales como los holandeses o los polacos; qué feo juegan esos coños. Qué juego el de ellos: se baten como bestias, y entonces se llena el estadio de aplausos. Qué ceremonias de la bestialidad.
Continúan los comentaristas: Ciertamente, Pablo, después de una jugada dada, una persona ve una cosa, y otra ve otra, pero a la hora de la verdad, para mejor o peor, el árbitro da la última palabra y sólo nos resta aceptar su percepción. El otro sigue: En efecto, Juan, lo hecho hecho está. Sin embargo, hay equipos – como Italia – que han corrido con la suerte de árbitros que sentencian penales en el último minuto del juego, pasando, así, a cuartos de final con un poco de teatralidad y mariconería.
-Todo lo que sería resuelto de no haber un puto árbitro de mierda. Ese es el coordinador general de la ceremonia de bestialidades.
Mientras este sufría un ataque de tos, el otro se preparaba un pan con queso aunque poco le gustaba el pan. Satisfecho, se instala al lado del compadre en el sofá. Le dijo:
-Toda verdad, siempre estuvo desde el principio desgraciada por alguna locura. Toda regla humana vive en contradicción con las prohibiciones que impone. Si pensamos en el Marqués de Sade, vemos claramente que la creación y la destrucción se necesitan, así como el éxtasis bebe de las fuentes de la agonía. Si saltamos de las oscuras luces de la Ilustración francesa, a las tierras baldías de la modernidad, asistimos al sepulcro de Dios y de la Verdad. Aquí vemos el crepúsculo del punto de vista, de la relatividad, detectando el poder que todo discurso maneja, asuntos estos que tanto entretienen a los pensadores posmodernos. Hay que decirle adiós al paraíso perdido de Eva y de los universales, tal como Derrida leyó el tabú del incesto en la antropología estructural de Lévi-Strauss o la ilusión de una benévola pureza originaria del ser humano en el discurso sobre la civilización de Rousseau.
-Y ¿qué tiene que ver eso con la decisión del maricón del árbitro?
-Bueno chico que las reglas que ordenan el juego, para que este parezca civilizado, en realidad canalizan energías fundadas en la rivalidad, en la competencia, en la ley natural de la violencia y la destrucción. Eso si no mencionamos programas deportivos como Ultimate Fighting, donde las reglas apenas mantienen a los peleadores respirando y escupiendo sangre. No sólo es perceptual la interpretación de una jugada sino las particularidades de cada juego. Para algunos el fútbol es un arte mientras que el fútbol americano es para animales. La cosa es darse cuenta que todo sistema se niega a través de reglas que mientras en la forma son “civilizadas”, en el fondo reproducen no sólo los ideales – entiéndanse occidentales – de la libertad, fraternidad e igualdad, sino que también cantan las armonías de la destrucción. La incoherencia de las reglas y de los objetivos de orden y paz de toda ideología occidental, se ilustra en el “juego” de la guerra que hoy abunda.
